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🪆 Ellos son nosotros

Borja Ventura
Borja Ventura
✏️ 1.300 palabras ⏱️ 10 minutos 
👋🏻 Saludos, votantes,
Tras la carta del martes, hoy tenía previsto hablar de flancos que estamos descuidando en esta escalada bélica rusa. Que si los Balcanes llevan tiempo en tensión y el nacionalismo allí tiene algunas ramificaciones rusófilas, que si las repúblicas bálticas, que si China con Taiwán… Pero vi un vídeo el otro día que me hizo pensar en otra cosa: ¿por qué esta guerra nos importa más que las otras?
Al lío 👇🏻
🫂 Punto uno: empatía cultural
La empatía tiene muchas manifestaciones, desde la social (‘tienes que pensar en el prójimo cuando haces algo que le afecta’) a la comercial (‘tienes que pensar en el usuario al que te diriges cuando creas un producto’). Es ese ‘ponerse en la piel del otro’ para intentar sentir lo que siente, actuar como actuaría o pensar como pensaría. Igual que los seres vivos tienen una función de relación por la que perciben su entorno y reaccionan a él (una planta buscando la luz del sol), los seres sociales somos empáticos para poder convivir con nuestros semejantes.
La respuesta facilona a la pregunta que planteaba antes (que por qué nos importa más esta guerra que otras) sería decir que los ucranianos son blancos, o europeos (aunque sea de voluntad) o cercanos en lo geográfico. Pero las distancias culturales no son sólo una cuestión de raza, esquema social o distancia en kilómetros. Sirva como ejemplo que en España nos importa mucho más lo que pasa en EEUU que lo que sucede en Rumanía, a pesar de que compartimos mucha más historia, lengua o marcos geográficos con los segundos que con los primeros.
La respuesta algo más compleja a la pregunta está en el vídeo que mencionaba, que a buen seguro has visto (y si no, vale la pena): una niña ucraniana, animada por los suyos, se lanza a cantar ‘Suéltalo’ (‘Let it go’ en su versión original) en un refugio. 
El vídeo ha corrido como la pólvora, e incluso ha provocado la reacción de la cantante que da voz a Elsa en la película de animación ‘Frozen’, a la que pertenece la canción. No es que la niña sea una monada, o que cante como los ángeles. Es que, aunque canta la versión ucraniana de la canción y no podamos entender la letra, sí sabemos lo que es. Esa niña, ahí, bajo tierra, escondida de los proyectiles, es como tu hija, como tu hermana pequeña, como tú mismo hace unos años. Esa canción que canta la conoces, aunque con otra letra. 
Tuiteaba hace unos días, cuando ví el vídeo, que lo que marca la diferencia en esta guerra es que para muchos ellos son nosotros: vemos los mismos peluches que tienen nuestros hijos, llevan las mismas camisetas o cantan las mismas canciones. La empatía, al final, es una cuestión cultural. 
No soy el único que ha pensado esto. Álvaro Rigal, compañero periodista de El País, se percataba unos días antes al ver una fotografía de Emilio Morenatti en la que un niño aparece llorando frente a un féretro vistiendo una camiseta de ‘La patrulla canina’ (‘Paw patrol’). Si tienes hijos o hermanos pequeños a buen seguro conoces la serie.
Alvaro Rigal
Totalmente incapaz de ver una solo foto más de Ucrania después de darme cuenta de que ese niño con esa carita lleva una sudadera de La Patrulla Canina. https://t.co/0k8EAHSufS
Algo similar le pasó a Rafael Méndez, periodista de El Periódico de España, al ver un plano de RTVE en el que un niño ucraniano sostiene sentado en un coche un peluche de Rubble, personaje de esa misma serie.
A mí, por ejemplo, me pasó también con esta fotografía de una niña caminando por el andén de la estación de Odesa mientras se aferra a un ‘bebé llorón’ que tiene, idéntico, mi hija.
Autor: Alexandros Avramidis (Reuters)
Autor: Alexandros Avramidis (Reuters)
Podría seguir, porque hay muchos más ejemplos en esas escenas de guerra: muestran algo lejano, pero con detalles muy reconocibles. Peluches que tienen nuestros hijos, abrigos como los nuestros o escaparates de comercios iguales a los de nuestro barrio, solo que están reventados. No son sólo referentes culturales comunes: es vernos a nosotros mismos en esas imágenes. Es casi lo que le pasó en antena a Olga Malchevska, periodista de la BBC, al ver en directo unas imágenes que mostraban el efecto de las bombas en el edificio de viviendas de su infancia.
Karin Giannone
The moment my @bbcukrainian colleague @Yollika sees pictures of her family home, partially destroyed overnight in #Kyiv.

We did not know until that moment it was her actual building that had been hit.

Thankfully Olga’s family is safe. https://t.co/rglna1tvEA
😶 Punto dos: invisibles
Esa empatía es la que nos ha cambiado la perspectiva de esta guerra. Y no es en sentido metafórico, sino real. Hace unos años países del este de Europa, como Hungría o Polonia, cerraron sus fronteras y persiguieron a refugiados de otras guerras. Otros, como Turquía o Bielorrusia, los han usado como medida de presión hacia el resto del continente.
De eso no hace tanto. Aún hoy Moria, en la isla griega de Lesbos, es un moridero donde miles de personas pasan inviernos sin destino ni futuro. Y eso a pesar de que durante un breve lapso de tiempo la muerte de un niño ahogado estuvo a punto de despertar nuestras conciencias. De nuevo la empatía. Aylan, que así se llamaba, era ‘el hijo de alguien’ (que podías ser tú) en aquella demoledora portada de The Independent. En España la imagen apenas llegó a algunas portadas, no fuera cosa que importunara a la gente.
Era gente que huía de los mismos horrores, de los mismos problemas, pero desde lugares distintos. En algunos casos también huían de de guerras, algunas incluso provocadas por occidente. Pero culturalmente no empatizamos con ellos. Por eso ahora mismo hay miles de personas prestando casas a los refugiados ucranianos, o incluso desplazándose a las fronteras a miles de kilómetros para traerlos hacia destinos más seguros, a pesar de no haber actuado de una forma semejante en aquellos otros casos. Y todo eso sucede en el mismo continente donde cada verano chapoteamos en esa enorme fosa común que es el Mediterráneo para los inmigrantes.
De hecho, tampoco hace falta irse muy lejos, ni muy atrás. Mientras desplegábamos una solidaridad nunca antes vista con los ucranianos las cámaras de la televisión pública captaban esto que sucedía en la frontera sur española, en nuestro territorio: es Melilla y son agentes de policía españoles apaleando a un joven sencillamente por saltar la valla.
RTVEMelilla
📺 Estas dos últimas jornadas en #Melilla con los dos saltos a la valla nos están dejando imágenes cómo estas. @rtvenoticias https://t.co/baATJZA8zt
Cuando digo “una solidaridad nunca antes vista” no es una figura literaria. Nunca Europa había enviado armas a un ejército para que combatiera, ni había aplicado la directiva que permite dar protección temporal a los refugiados (es decir, garantizarles residencia, trabajo, sanidad, educación o alimento).
Y esa empatía nos pone delante de un espejo incómodo que describía de forma certera Moha Gerehou, periodista y activista antirracista español: no era una cuestión de lo que se podía o no hacer, sino de lo que se ha querido hacer con unos refugiados o inmigrantes, pero no con otros. A algunos los vemos, otros nos son invisibles.
Moha Gerehou
Bienvenida sea una medida que certifica:

- Que esta opción no se activó en anteriores conflictos por voluntad política.
- Que el efecto llamada nunca existió.
- Que el asilo nunca se utilizó como una herramienta puramente humanitaria.
- Que las fronteras más altas son raciales. https://t.co/eUkbTKQSOu
💭 Punto tres: me despido
Quizá de buenas a primeras no te diga nada el nombre de Tanja Mijatovic. Era un personaje de ficción, una chica bosnia que huía de la guerra y acababa en España de forma irregular, donde por cierto sus padres eran detenidos. Ella estudiaba en un instituto imaginario, a pesar de que no hablaba el idioma. Digo imaginario porque Tanja en realidad era un personaje interpretado por la actriz madrileña Ruth Núñez, y sólo existía en ‘Compañeros’, una serie de finales de los ’90 a través de la cual muchos milenials españoles aprendieron muchas cosas. Por ejemplo, acerca de la empatía con guerras que entonces parecían muy lejanas y hoy nos parecen estar aquí al lado. Algunas cosas, parece, aún no las hemos aprendido.
Descansa, te escribo en unos días 👋🏻
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Borja Ventura
Borja Ventura @borjaventura

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