💔 Lo conservador, más partido que popular

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Borja Ventura
Borja Ventura
✏️ 1.600 palabras ⏱️ 12 minutos 
👋🏻 Saludos, votantes,
Por segunda semana consecutiva envío el boletín un martes en lugar de un lunes. La semana pasada fue para dejar enfriar los resultados electorales y en esta ocasión para terminar de digerir el empacho del PP. Empacho de devorarse unos a otros en una suerte de holocausto caníbal de consecuencias todavía imprevisibles. Y de eso justo hablaremos hoy: de que lo de reunificar la derecha está cada vez más cerca, pero no parece que vaya a ser en el PP.
Al lío 👇🏻
🔵 Punto uno: eclipse azul
Hace unas cuantas semanas mandé una carta en la que explicaba, usando ’Star Wars’, que las tensiones en el seno del PP no eran una cosa nueva. En realidad, llevan trece años luchando en una guerra que apenas ha tenido unos breves años de alto el fuego cuando Rajoy logró la mayoría absoluta allá por 2011. 
Todo lo que ha pasado en el partido desde entonces ha respondido al mismo patrón: acostumbrados bajo el mando de Aznar a ser ‘la gran casa de la derecha española’, no han sabido lidiar con las facciones internas y eso les ha llevado a la situación actual. 
Desde una visión histórica, el gran éxito del expresidente fue lavarle la cara a la derecha, modernizarla y de paso aglutinar a los conservadores moderados que habían quedado a la deriva tras el naufragio de la UCD. Pero cuando Rajoy ‘rompió’ lazos con Aznar todo empezó a resquebrajarse: esa derecha combativa maridaba mal con un tecnócrata de pulso lento. Y, por qué no decirlo, el partido se había hecho a imagen de Aznar y éste llevó mal que dejara de ser así.
Entonces se dieron pasos a la reserva de la vieja guardia, algo comprensible, pero también hubo quienes fueron desplazados porque ya no encajaban. Y, sobre todo, hubo voces internas en tensión que ya nunca más se callarían. La derecha ya no era una, aunque todavía conviviera en un solo partido.
Autor: José Luis Roca
Autor: José Luis Roca
Y llegaron la crisis económica y el 15M, que no sólo supuso una sacudida para la izquierda. Amortizado el experimento de UPyD, Ciudadanos emergió como una nueva versión de aquel PP de Aznar: moderno, transversal y crítico con el poder establecido. Un partido que pasó de decirse progresista y socialdemócrata a liberal en pocos meses. El viejo PP se resquebrajaba por un reguero imparable de escándalos de corrupción y este nuevo producto, muy trabajado en lo estético y dialéctico, sonaba a aire fresco. Más europeo, más homologable, menos cadáveres en el armario.
Pero cuando el relevo parecía estar listo emergieron dos realidades que sirvieron para volver a la casilla de salida. 
La primera, que Ciudadanos era un partido más para jóvenes que para mayores y más para urbanitas que para la España telúrica. Vaya, que podía complementar al PP con una mejor imagen y mayor influencia en lo mediático y telegénico, pero no sustituirlo. A fin de cuentas, esas bolsas de votantes no bastan para ganar elecciones. 
La segunda, que Albert Rivera, consciente de esa limitación, quiso ensanchar su base anexionándose al PP y eso hizo que se le rompieran las costuras por el centro. Ya no eran complementarios, sino redundantes. Uno de los dos sobraba.
Fuente: Reuters
Fuente: Reuters
🟢 Punto dos: fulgor verde
Mientras el destello naranja copaba los focos, algo se fue tiñendo de verde. Venía del otro lado del espectro conservador, nacido de otra de esas almas en disputa del PP, esa que abandonó el partido y fue creciendo en las sombras. No es casual que en la fundación del primer Vox emergieran como nombres clave dos expopulares como Santiago Abascal, su líder, o Alejo Vidal-Quadras, el primer candidato.
El brillo se hizo más intenso con el tiempo por la emergencia internacional de movimientos populistas y nacionalistas de derechas, no sólo en Europa sino también en EEUU, con Donald Trump como máximo exponente. 
Pero también por el caldo de cultivo interno, en el que Vox creció como movimiento de reacción a esas fuerzas de izquierdas que surgieron del 15M y confluyeron en Podemos. En un país tan envejecido como el nuestro, asuntos como el ‘procés’ catalán o ciertas políticas de izquierdas como la memoria histórica sirvieron para activar fantasmas dormidos. Aquel mítin de Vistalegre de lo que parecía un partido sin futuro fue un aldabonazo en el panorama político español.
El primer Vox no funcionó porque no era el momento, pero éste acabó por llegar. Lo han vendido como un ‘Podemos de derechas’, aunque poco que ver más allá de la oposición al sistema establecido, y justamente en sentido contrario.
Autor: Óscar del Pozo (AFP)
Autor: Óscar del Pozo (AFP)
Igual que el PP creció anexionándose los rescoldos de la UCD, Vox creció sumándose a los desafectos, a los nostálgicos y a quienes sentían que se les recortaban sus libertades. Daba igual inmigración, pandemia o restricciones al tráfico: todo sumaba para crear un movimiento reactivo de perdedores (otros más) de la modernidad.
La foto en la Plaza de Colón con los otros representantes de la derecha sirvió de marco de futuro. Aquella había sido una gran familia unida que acabó separando sus caminos. Pero todos los presentes sabían que sus intereses convergían de forma inexorable, y en adelante competirían por que su casa fuera la que acogiera las cenas de Navidad.
🟠 Punto tres: tintineo naranja
Para sobrevivir, el PP hizo lo que nunca antes: unas primarias abiertas, revelando al fin cómo de grande era la militancia del partido. Y aunque resultó que no lo era tanto, sirvió para iniciar su remontada.
Usaron a Ciudadanos como muleta para gobernar al ver que no habría ‘sorpasso’, y de paso dejaban al margen a Vox, un partido incómodo si alguna vez querían volver al centro. Llegado el momento, amortizaron al partido naranja, primero vaciándolo desde dentro y luego relegándolos a la irrelevancia electoral. Región tras región hasta la reunificación final.
Al PP no le había hecho falta irse al centro para fagocitar a un Ciudadanos que fue perdiendo poder en todas las regiones (entendiendo ‘poder’ como servir de taburete para que el PP gobernara). Pablo Casado no era ni Soraya Sáenz de Santamaría ni Alberto Núñez-Feijóo. Era un delfín de Aznar, respetado por Esperanza Aguirre, que colocó a Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz. El combate sería por la derecha, no por el centro.
A fin de cuentas, se formaba un gobierno de coalición entre PSOE y Podemos, y dentro de la lógica de la polarización el centro ya no era relevante. Lo que durante décadas decantó elecciones ya no importaba.
Completado el asalto, Casado fió todo al cambio de ciclo político. A tumbar la reforma laboral, a volver a crecer en Castilla y León, a asegurar Andalucía. Si crecía, decrecería Vox. Pero centrado en el combate fuera de sus fronteras descuidó que la guerra interna, esa que empezó en 2008, no había terminado, y la historia se repetía. Isabel Díaz Ayuso, a la que él colocó, quería disputarle el poder y estaba dispuesta a dinamitar el partido para conseguirlo. Y no había explosivo más potente que movilizar a las bases contra él.
Autor: Emilio Naranjo (Agencia EFE)
Autor: Emilio Naranjo (Agencia EFE)
El problema es que el motivo de la disputa, más allá de la lucha de poder, es la corrupción, presunta o real. Lo sucedido en estos días en la Comunidad de Madrid lanza un mensaje claro al votante popular: aquel aquelarre congresual en el que se enterraba el pasado reciente había sido un espejismo. El partido sigue amenazado por la sospecha de la corrupción, y sin un liderazgo fuerte que pueda unir a la militancia será imposible reunificar todo el voto conservador. Sólo una refundación como aquella de Aznar podría salvar las estructuras del partido, dañadas por el tremendo estallido que ha causado la chica del bidón de gasolina que es Ayuso.
Y justo cuando esa luz naranja mortecino estaba a punto de apagarse llega el chispazo ¿Puede tener Ciudadanos una segunda oportunidad si el centro acaba por quedarse vacío?
El colapso del PP, en caso de darse, podría volver a provocar un movimiento de votantes hacia otras opciones. Ahora mismo los análisis coinciden en que el gran beneficiado puede ser un Vox que no da muestras de debilidad. Pero cabe pensar que existe una gran masa de voto conservador que pueda estar cansado de las dinámicas cainitas del PP y que no comulgue con las tesis radicales de Vox. Nuevos náufragos a la búsqueda de partido.
🤔 Uniendo los puntos
Con los acontecimientos aún desarrollándose, vuelve la duda fundamental: ¿puede unificarse la derecha en un único partido? ¿Existe riesgo real de que sea en Vox y no en el PP, con todo lo que eso conlleva? ¿Sobrevivirá el PP a esta matanza pública? 
Responder a esa última pregunta puede ayudar a aclarar el resto de respuestas. Y todo parece depender de quién, cuándo y cómo suceda a Casado en el liderazgo. Porque ¿de verdad puede Núñez-Feijóo ser un revulsivo? Sí, reconecta con las esencias moderadas de antaño, y por eso es el Godot del PP, esperado por muchos desde tiempos de Rajoy. Pero si hasta ahora nunca ha dado un paso al frente es justo por no poder enfrentar los dos grandes problemas que tiene el PP actual. 
El primero, que siempre ha condicionado su desembarco en Madrid a ser aclamado por unanimidad. Y eso se antoja imposible mientras perviva el fantasma irredento del aznarismo, lo encarnen Ayuso, Aguirre, Álvarez de Toledo o quien sea que las suceda. 
El segundo, Feijóo no es precisamente alguien que tenga un pasado a prueba de bombas de hemeroteca: aquellas fotos con el narco Marcial Dorado fueron un claro disparo de aviso para sus enemigos políticos. Igual abren fuego si sale de su escondite gallego.
Así las cosas, guárdate de las idus de febrero. El sábado te escribo de nuevo 👋🏻
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Borja Ventura
Borja Ventura @borjaventura

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